SI SOY TAN INTELIGENTE... ¿PORQUÉ ME ENAMORO COMO UNA IMBECIL?

Intoxicadas con romanticismo.
Del virus del romanticismo y otras enfermedades contagiosas
Estaba yo mirando un programa en el Discovery Health y me costaba creer lo que escuchaba, pero la periodista que daba el informe parecía muy seria.
«La comunidad científica está de fiesta, y profundamente conmovida, ante un hecho sin precedentes.
La Dra. Prudence Esceptic, del Instituto Latinoamericano de Investigaciones SPM (Soltera Pienso Mejor) de Taho Lindo, en la Baja California, ha logrado —después de décadas de exhaustivo trabajo— aislar al escurridizo virus del romanticismo.
»Éste es un virus que ataca a 150 de cada 100 mujeres y que produce un efecto de sombra color rosa sobre la inteligencia de la paciente. Dicha sombra va invadiendo poco a poco todas las capas de la conciencia, hasta que la persona es prácticamente incapaz de diferenciar un gato de una liebre.
»En ocasiones, ha llegado a producir un verdadero surco en la corteza del cerebro de la víctima, provocándole febriles alucinaciones, como ver príncipes en los sapos, la ilusión de que un hombre es diferente a otro, etc. En dichos casos, y si no se la trata a tiempo, la persona intoxicada es capaz de pasarse el resto de su existencia besando sapos, tragando sapos y depilándose las piernas.
»O, lo que es aún peor, puede llegar a trabajar toda la vida para ser Madonna y terminar vestida de traje sastre.
»El virus es transmitido genéticamente por vía materna sólo a las hijas, y su consecuencia directa es la adicción al amor, otra característica típicamente femenina.
»Los estudios han demostrado además —de forma incontrovertible— que, a lo largo de la historia, los hombres han cruzado los océanos en busca de nuevos mundos, y las mujeres han cruzado los océanos para casarse con alguien al que nunca han visto; los hombres han explorado el mar, la tierra, las montañas y el espacio en busca del origen de la vida, y las mujeres han explorado el cielo, el mar y la tierra en busca del príncipe azul; los hombres han estado ocupados tratando de descifrar el mapa genético, y las mujeres han estado ocupadas tratando de descifrarlos a ellos.
»La investigación ha revelado también que la mayoría de las mujeres tiene una notable tendencia a alucinar, ya que otros de los factores alucinógenos por excelencia son el hambre y la sed.
»Y como casi todas ellas viven a dieta y nunca pueden comer lo que quieren, alucinan.
»Pero, sin lugar a dudas, la etapa fértil de una mujer es el caldo de cultivo por excelencia para el virus, ya que con el sexo pasa algo parecido al hambre.
»O más bien a las ganas de comer.
»El proceso se desarrolla así:
»Cuando la especie empuja, alborota a la hormona, que es algo así como su portavoz. (La hormona en realidad viene a ser como un testaferro de la especie.) Y la bendita hormona no acepta un no por respuesta. Si ella pide y no hay, alucina.
»Inventa.
»Es entonces cuando la persona puede llegar a ver príncipes en los mendigos, enamorarse de Drácula o tener sexo sin condón.»
En este momento se interrumpió el informe para pasar una entrevista a la Dra. Esceptic en persona:
—Doctora —le preguntó la periodista—, ¿cómo fue que se le ocurrió trabajar sobre este tema tan controvertido?
—Bueno —respondió—, en primer lugar porque cuando descubrí que yo misma estaba infectada por el virus, ya había desperdiciado buena parte de mi vida amamantando maridos. Le podría decir que hice un máster en amamantamiento, hasta que me quedé sin leche. Ése fue el punto de inflexión. Pero lo más decisivo para mi investigación fue descubrir que varias mujeres que murieron supuestamente intoxicadas en accidentes, en realidad habían muerto intoxicadas con romanticismo.
—¿Podría darnos algunos nombres de las víctimas?
—¡Son incontables!… Pero le confieso que la primera que me llamó la atención fue la pobrecita
Marilyn Monroe, que en paz descanse.
—¿Así que Marilyn no murió por sobredosis de barbitúricos?
—¡Qué va!… En realidad ella murió por sobredosis de romanticismo. La otra fue la versión oficial, pero mi investigación dejó muy claro que a ella el virus ya le había carcomido buena parte de sus neuronas, y que ése fue el verdadero motivo por el que creyó ciegamente en las promesas de un casado, que además ¡era presidente!… ¡Mire si estaría afectada por el virus, que uno le pareció poco, y entonces la desdichada creyó en las promesas de otro casado que además era hermano del presidente! Y así no hay cuerpo que aguante.
—¿Entonces, usted afirma que ésa fue la razón de su muerte?
—¡Definitivamente! Lo de ella no fue ni un crimen ni un suicidio, sino un caso típico de romanticidio.
—¿Hay algún otro caso de mujeres conocidas afectadas por el virus?
—¡Muchísimas! Pero sin duda la más conocida de todas era Lady Di.
—Entonces, ¿Lady Di tampoco murió en un accidente?
—Eso fue lo que se dijo, porque los medios trataron de ocultar la verdadera información, pero en realidad la pobre tenía la intoxicación de romanticismo más grande de la que se tenga constancia, y ésa fue la verdadera causa de su prematura muerte. No sólo se pasó años de su vida tratando de convertir al sapo de su marido en un auténtico príncipe, sin conseguirlo (lo máximo que consiguió fue que se pareciera cada vez más a su caballo), sino que además tuvo que aguantar que el caballo de su marido hiciera pública la terrible declaración de que su máxima ambición en la vida era un ser tampón… ¡de otra! No contenta con eso, cuando pudo liberarse de ese yugo se enamoró de un playboy ¡árabe!… La pobrecita no tenía remedio, estaba enfermita de verdad, me dio mucha pena su muerte, pero reconozco que dio alas a mi investigación.
—¿Me puede contar algún otro caso?
—Otro caso paradigmático fue el de la esposa de un conocido boxeador ¿…? o de Granito Achával, un tipo que era tan macho que hasta los dientes los tenía de acero. Es cierto que ella terminó volando por una ventana, pero la verdadera causa de su muerte fue la intoxicación con romanticismo.
—¿Usted está segura?
—¡Absolutamente!… Nunca me voy a olvidar de una entrevista que le hicieron a la pobrecita años atrás, la primera vez que él la había tirado por la ventana, y el periodista le preguntó: «Dígame señora, su marido… ¿le pega mucho?» Y ella le contestó: «No, sólo lo normal.» Ahí me di cuenta de que el romanticismo ya le había producido una metástasis. Y efectivamente, al poco tiempo se murió, con un libro de La bella y la bestia en la mano. Sus últimas palabras fueron: «Él me prometió que iba a cambiar.»
Apagué el televisor y tuve que reconocer que la noticia me había desestabilizado completamente.
¡Así que era un virus!… ¡Qué horror!… Y pensar que durante tantas generaciones las mujeres estuvimos infectadas sin saberlo. ¡Y no sólo eso! ¡Hemos estado transmitiendo esos paquetes sin abrirlos, de generación en generación, a nuestras hijas!…
¡Qué manera de echar flores a los cerdos!
Ese mismo día me puse en contacto con la doctora no sólo para felicitarla, sino para apoyarla por el bien que estaba haciendo a la humanidad y para manifestarle mi más profundo agradecimiento porque, a partir de ese descubrimiento, iba a comenzar toda una nueva etapa en la historia de la mujer. Porque si ya habían logrado aislar el virus —pensaba—, el próximo paso sería, por fin, la vacuna. Y con ella la felicidad.
Mientras esperaba la comunicación con la doctora mi mente se llenó de pensamientos positivos.

¡Qué salto para la humanidad este descubrimiento!… ¡Y después dicen que la ciencia no es para las mujeres porque somos blandas! En realidad es porque los misóginos de siempre desconfían de que la mujer pueda actuar con rigor científico… ¿Qué van a decir ahora?… ¡Por supuesto que será una mujer la que ejecute semejante hazaña y, por supuesto, que el virus tenía que ser masculino!
Estaba yo sumida en mi entusiasmo feminista cuando la Dra. Esceptic me atendió muy amablemente al otro lado del teléfono y yo me apresuré a preguntarle:
—Doctora, ¿entonces es cierto que han logrado aislar al virus del romanticismo?
—Sí, así es —me contestó.
—¿Y cuál es el próximo paso?
—¡Lo vamos a amonestar muy severamente!
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